La sexualidad y el control del cuerpo

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La sexualidad y el control del
cuerpo
Nuevos discursos sobre la
sexualidad
El siglo XVII se convierte en la edad de la
represión.
Se inaugura la época en donde la
sexualidad es cuidadosamente encerrada
y confiscada por la familia conyugal en
función de la reproducción, en torno al
sexo SILENCIO.
La ley dicta las relaciones de pareja para la
procreación.
La alcoba se convierte en el único lugar de
la sexualidad reconocida, utilitaria y
fecunda.
Lo anormal, recibirá la condición de tal y
será sancionado social y jurídicamente.
La represión funciona como una condena de
desaparición, como orden de silencio,
como afirmación de inexistencia.
Sexualidades prohíbidas
Si hay lugar para las sexualidades ilegítimas,
estos son: el burdel y el manicomio, únicamente
allí el sexo salvaje tendría derecho a formas de
lo real, pero fuertemente insularizadas y a tipos
de discursos clandestinos, circunscritos,
cifrados.
En todos los demás lugares, el puritanismo
moderno impuso su triple decreto de
prohibición, inexistencia y mutismo.
Entre 1500 y 1700 nuevas actitudes respecto del
cuerpo y nuevas reglas de comportamiento
dieron lugar a una promoción de castidad y
timidez en todas las áreas de la vida diaria.
Se cerraron los burdeles, se obligó a los bañistas
a conservar las camisas puestas y el camisón
reemplazó al desnudo como equipo aprobado
para dormir.
El desnudo se volvió “vulgar”
En los siglos XVII y XVIII las damas
parisinas se desvanecían a la vista de
cuerpos masculinos desnudos a orillas del
Sena.
Se introducía leche o salvado en su baño
privado para preservar de la vista de la
servidumbre su cuerpo desnudo.
La timidez y la discreción se convirtieron en
signos de distinción social.
Las mujeres víctimas de la moral
Las mujeres fueron las primeras víctimas de
la moral social, desde antes
representadas como incidiosas e
incitadoras al mal cuyo objetivo era
seducir a los hombres ingenuos y
entregarlos a Satán.
El control social del cuerpo
La Iglesia y el Estado a través del confesionario y
la medicina, fueron elaborando los parámetros
de lo permitido y lo prohibido que reforzaban
celosamente sus derechos sobre el cuerpo y la
sexualidad, condenando el erotismo a favor de
una sexualidad conyugal y natalista de las
relaciones sexuales, en la cual, la actividad
sensual se consideraba un medio desafortunado
para un fin necesario.
La ecuación:
Mujeres-sexo-pecado
Se fue fortaleciendo cada vez el discurso
médico de la “voracidad” sexual de las
mujeres cuya satisfacción erótica no tenía
fin y había que controlar, ya que a quienes
ignoraban el imperativo natural de la
reproducción, les esperaban terribles
desórdenes.
A los ojos de las autoridades religiosas y
seculares había dos tipos de
comportamiento sexual: el aceptable que
era en la conyugalidad y que se
practicaba en función de la procreación y
el reprensible gobernado por la pasión
amorosa y el placer sensual y su producto
era deforme o ilegítimo, su lógica, la de la
esterilidad.
El matrimonio sagrado
• Al autorizar la sexualidad sólo en el
contexto del matrimonio en función de la
procreación, el sexo estuvo sometido a
una ola de control y represión que luchó
por modelar las costumbres de la
población urbana y rural, de acuerdo con
las líneas estrictamente definidas por la
Iglesia y el Estado.
Durante el siglo XVI y XVII la denuncia de la
pasión en el matrimonio condenaba tanto a la
esposa apasionada como al marido libidinoso.
Hasta las posiciones que adoptara la pareja
estaban sujetas a controles estrictos.
Todas las acrobacias eróticas estaban prohibidas,
ya que se consideraban sospechosas en tanto
privilegiaban el placer.
Los textos médicos daban sostén a las
regulaciones teológicas con respecto a las
condiciones óptimas para la procreación,
en términos tanto de la moderación de la
pasión, como de la posición más
favorable.
Ambas clases de autoridades estipulaban la
variedad de días en los cuales debía
evitarse la relación sexual.
La paradoja sobre la sexualidad
El control de la sexualidad se funda en una
paradoja, por un lado se prohíbe, se reprime, se
restringe, pero al mismo tiempo, una “puesta en
discurso” del sexo a través de la confesión sirve
para dar cuenta de ello.
Se plantea un imperativo: no sólo hay que
confesar los actos contrarios a la ley, sino
intentar convertir el deseo, todo el deseo en
discurso.
Hablar del sexo para CONTROLARLO,
REGULARLO, REGLAMENTARLO.
Aunque las palabras que se empleen deban
ser cuidadosamente neutralizadas, el
deber fundamental es confesar lo relativo
al sexo y la sexualidad. La prohibición de
determinados vocablos, la decencia de las
expresiones, todas las censuras al
vocabulario podrían no ser sino
dispositivos secundarios respecto de esa
gran sujeción: maneras de tornarla
moralmente aceptable y técnicamente útil.
La finalidad era reglamentar el sexo mediante
discursos útiles y públicos.
Paradójicamente, este nuevo régimen de los
discursos es que no se dice menos, sino que se
dice de otro modo.
Qué se dice, qué no se dice, cómo se dice, quién
puede hablar y quién no, qué tipo de discurso
está autorizado, cuál forma de discreción es
requerida y para quiénes.
Aún cuando no se habla de sexo, éste está
presente.
A partir del siglo XVIII y XIX entraron en actividad
los discursos médicos sobre el sexo. La
medicina por medio de las “enfermedades de
los nervios”; la psiquiatría, bajo la etilogía de las
enfermedades mentales y las perversiones
sexuales; la justicia penal que se abrió a la
jurisdicción de los pequeños atentados, ultrajes
secundarios y perversiones sin importancia,
todo ello para emprender la tarea de proteger,
separar y prevenir señalando peligros por todas
partes.
Pecados y peligros
De tal manera, los discursos alrededor del
sexo intensificaron la conciencia de un
peligro incesante que a su vez reactivaba
la incitación a hablar de él, que por un
lado se convierte en pecado y al mismo
tiempo en peligroso para la sociedad.
Lo que marca estos tres últimos siglos es la
variedad y la amplia dispersión de los aparatos
inventados para hablar, para hacer hablar del
sexo, para obtener que él hable por sí mismo,
para escuchar, registrar, transcribir y redistribuir
lo que se dice.
Lo propio de las sociedades modernas no es que
hayan obligado al sexo a permanecer en la
sombra, sino que ellas se hayan destinado a
hablar del sexo siempre, haciéndolo valer,
poniéndolo de relieve como el secreto.

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